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En nuestro país, los
destinatarios potenciales de la misión popular son,
en principio, todo grupo humano en cuanto
perteneciente a una zona de jurisdicción eclesial
parroquial y diocesana (cfr. LPNE 43.44). Entre
estos grupos, se da preferencia a aquellos más
necesitados de la acción de la Iglesia y menos
favorecidos por las condiciones sociales.
Como el destinatario potencial es tan genérico, una
vez que se ha determinado realizar una misión en un
lugar concreto, es de suma importancia el tiempo que
se dedique al conocimiento de los destinatarios
reales, y según eso adaptar el método de la misión,
-que tiene un grado considerable de flexibilidad- y
priorizar las actividades (por ejemplo, el trabajo
con jóvenes, con ancianos, visitas a la cárcel si la
hubiera, a los hospitales, escuelas, etc.).
Se
trata en cada caso de conocer las preocupaciones,
los intereses, los horarios de la gente, la historia
del barrio, la realidad eclesial y pastoral, etc.,
de tal manera que el mensaje se “encarne”, se
inculture en esa realidad concreta, y resulte así
vitalmente significativo para las personas y
comunidades. De este modo, se busca entablar un
verdadero diálogo misionero, donde lo primero es
escuchar, ver, aprender, conocer. De ahí la
convicción cada vez más poderosa de que todo el
tiempo de preparación de la misión (pre-misión) no
es sólo, ni en primer lugar, para “promocionar” la
misión, sino para tomar un contacto serio, profundo
y pastoral con la realidad.
Todos son convocados a participar de la misión: “los
que están lejos, y los que están cerca”. Los
primeros son principalmente aquellos cristianos a
los que les falta una fe explícita profunda y un
compromiso real con Cristo; diríamos que son
cristianos “por herencia”, y todavía no por una
opción libre y personal. A ellos, la misión viene a
presentarles la Palabra de Dios que cuestiona, que
interpela y a la que hay que dar una respuesta. Pero
la misión es también para quienes ya han hecho una
opción por Cristo, ya que todos tenemos necesidad de
profundizar nuestra fe y convertirnos cada día. En
este punto, es importante recordar que para San
Alfonso, los sacerdotes del clero diocesano del
lugar eran especiales destinatarios de su celo
misionero, mediante el acompañamiento fraterno, la
predicación de retiros, el aliento espiritual, etc.
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