|
La respuesta a si la misión
popular tiene o no futuro en la Iglesia argentina,
depende quizás de nuestra capacidad para estar a la
altura de la situación histórica que nos toca hoy.
Quienes pensamos que sí, creemos también que no se
trata de cualquier misión popular, sino de aquella
que, heredera de la tradición más genuina que nos
legaron quienes nos precedieron con entrega y
abnegación admirables, sea capaz de renovarse
permanentemente para encontrar al hombre de hoy allí
donde su angustia y su esperanza lo han puesto.
Más que respuestas concluyentes, queremos terminar
este trabajo (que hasta aquí ha sido sobre todo
descriptivo) planteando algunas “pistas” por donde
nos parece que habría que continuar la reflexión:
1)
Habría
que pensar muy bien en cada caso cómo se articula la
misión en la pastoral ordinaria de una parroquia o
diócesis, para evitar yuxtaposiciones,
malentendidos, y un desgaste inútil de fuerzas. En
este sentido, la misión tiene que estar incluida en
el plan pastoral de la parroquia o diócesis en la
que se va a realizar, que debe ser minuciosamente
estudiado en conjunto por los misioneros y los
pastores del lugar. Si esto falta, es muy difícil
que se asegure una continuidad al trabajo realizado
durante la misión.
2)
Constatamos un hecho: la misión popular es un método
concreto, pero que se aplica a realidades muy
diferentes. La pregunta es si la misión popular es
lo suficientemente flexible como para adaptarse a
cualquier situación, lo que exigiría un minucioso
análisis. ¿en qué lugares funcionaría mejor? ¿en
cuáles sería poco efectivo?
3)
Nuestras
misiones son populares, y se caracterizan por
transmitir la esencia de mensaje cristiano de un
modo sencillo, comprensible para todos. ¿Es
realmente esto así? ¿Sabemos hacernos entender,
especialmente por los más sencillos? No basta el
contenido, sino que hay que saberlo expresar de una
manera comprensible, y sin traicionarlo. Esto exige
un esfuerzo constante de inculturación del lenguaje,
no sólo conceptual, sino también simbólico, gestual,
plástico.
4)
Se trata
de pensar también a qué niveles de profundidad llega
nuestra evangelización misionera. En este sentido,
cabría preguntarse hasta qué punto logra cuestionar
y poner en crisis valores culturales que se reflejan
en la vida de familia, de trabajo, etc. (por
ejemplo, el machismo, la competencia feroz, el
consumismo, etc.)
5)
¿Qué
proyección socio-política tiene nuestro anuncio de
Jesucristo? ¿Cómo colaboran las pequeñas comunidades
en la transformación de la sociedad, empezando por
el vecindario en la que se encuentran?
6)
¿Cuáles
son los lugares y las urgencias pastorales que
tendríamos que priorizar hoy a la hora de ofrecer o
aceptar un trabajo misionero? Creo que una respuesta
válida que se está dando en este sentido es la
experiencia de la Carpa Misionera en el partido de
la Matanza. El Gran Buenos Aires es hoy un lugar
desafiante, que pide respuestas nuevas y
arriesgadas; y esto implica una mayor exigencia de
reflexión desde y para la misma práctica pastoral.
7)
Si la
misión es entendida como un diálogo, donde se valora
y asume todo lo bueno que ya está en las personas y
las comunidades, entonces habrá que pensar en
tiempos más prolongados de preparación de la misión,
donde se privilegie sobre todo una actitud de
escucha, de dejar que la gente y la realidad nos
hablen antes de hablar nosotros.
8)
Hay que
seguir pensando cómo trabajar más “en red” con las
instituciones civiles del lugar durante el tiempo de
la misión. Este es un campo prácticamente
inexplorado, pero que urge pensar.
9)
Finalmente, y como recapitulando todas estas ideas,
habría
que pensar también en un replanteo de las etapas de
la misión, de manera que puedan dar mayor
flexibilidad al método, a la vez que sean más
respetuosas de los tiempos reales de las
comunidades. Pensar en la misión popular como un
“proceso” con un primer momento de “Convocatoria”,
que incluiría la primera y segunda etapas del
esquema actual; y esto porque mucha gente se
entusiasma con la misión recién en la etapa de la
Celebración. Un segundo momento sería el de
“Afianzamiento”, en el que tendríamos que poner
mucha más fuerza que la que hoy dedicamos a la
post-misión (hoy por hoy, todas las energías se
ponen especialmente en la preparación y la
celebración, es decir, en el momento de la
convocatoria; y entonces tenemos que, justamente
cuando más fuerza hay que poner, para “afianzar”, es
cuando aflojamos). La misión puede darse por
concluida cuando, al afianzamiento de las
comunidades, sigue su “proyección misionera”, es
decir, se alcanza la madurez suficiente para “dar de
lo que hemos recibido”. Los modos en los que se
concretizan estos momentos pueden variar, y lo mismo
los tiempos, respetando la realidad de las
comunidades. El segundo y el tercero pueden darse
hasta simultáneamente a partir de cierta instancia,
pues es muy normal que la proyección misionera ayude
a afianzar una comunidad, y que una comunidad más
afianzada pueda brindarse con mayor entrega. |