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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
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«Como el Padre me ha enviado, así también os
envío yo» (Jn 20,21)
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Con ocasión del Jubileo del año 2000, el
venerable Juan Pablo II, al comienzo de un
nuevo milenio de la era cristiana, reafirmó
con fuerza la necesidad de renovar el
compromiso de llevar a todos el anuncio del
Evangelio «con el mismo entusiasmo
de
los cristianos de los primeros tiempos»
(Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio
más valioso que la Iglesia puede prestar a
la humanidad y a toda persona que busca las
razones profundas para vivir en plenitud su
existencia. Por ello, esta misma invitación
resuena cada año en la celebración de la
Jornada mundial de las misiones. En efecto,
el incesante anuncio del Evangelio vivifica
también a la Iglesia, su fervor, su espíritu
apostólico; renueva sus métodos pastorales
para que sean cada vez más apropiados a las
nuevas situaciones —también las que
requieren una nueva evangelización— y
animados por el impulso misionero: «La
misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y
la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo
y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece
dándola! La nueva evangelización de los
pueblos cristianos hallará inspiración y
apoyo en el compromiso por la misión
universal» (Juan Pablo II, Redemptoris
missio, 2).
Id y anunciad
Este objetivo se reaviva continuamente por
la celebración de la liturgia, especialmente
de la Eucaristía, que se concluye siempre
recordando el mandato de Jesús resucitado a
los Apóstoles: «Id...» (Mt 28, 19). La
liturgia es siempre una llamada «desde el
mundo» y un nuevo envío «al mundo» para dar
testimonio de lo que se ha experimentado: el
poder salvífico de la Palabra de Dios, el
poder salvífico del Misterio pascual de
Cristo. Todos aquellos que se han encontrado
con el Señor resucitado han sentido la
necesidad de anunciarlo a otros, como
hicieron los dos discípulos de Emaús.
Después de reconocer al Señor al partir el
pan, «y levantándose en aquel momento, se
volvieron a Jerusalén, donde encontraron
reunidos a los Once» y refirieron lo que
había sucedido durante el camino (Lc 24,
33-35). El Papa Juan Pablo II exhortaba a
estar «vigilantes y preparados para
reconocer su rostro y correr hacia nuestros
hermanos, para llevarles el gran anuncio:
¡Hemos visto al Señor!» (Novo millennio
ineunte, 59).
A todos
Destinatarios del anuncio del Evangelio son
todos los pueblos. La Iglesia «es, por su
propia naturaleza, misionera, puesto que
tiene su origen en la misión del Hijo y la
misión del Espíritu Santo, según el plan de
Dios Padre» (Ad gentes, 2). Esta es «la
dicha y vocación propia de la Iglesia, su
identidad más profunda. Existe para
evangelizar» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi,
14). En consecuencia, no puede nunca
cerrarse en sí misma. Arraiga en
determinados lugares para ir más allá. Su
acción, en adhesión a la palabra de Cristo y
bajo la influencia de su gracia y de su
caridad, se hace plena y actualmente
presente a todos los hombres y a todos los
pueblos para conducirlos a la fe en Cristo
(cf. Ad gentes, 5).
Esta tarea no ha perdido su urgencia. Al
contrario, «la misión de Cristo Redentor,
confiada a la Iglesia, está aún lejos de
cumplirse... Una mirada global a la
humanidad demuestra que esta misión se halla
todavía en los comienzos y que debemos
comprometernos con todas nuestras energías
en su servicio» (Redemptoris missio, 1). No
podemos quedarnos tranquilos al pensar que,
después de dos mil años, aún hay pueblos que
no conocen a Cristo y no han escuchado aún
su Mensaje de salvación.
No sólo; es cada vez mayor la multitud de
aquellos que, aun habiendo recibido el
anuncio del Evangelio, lo han olvidado y
abandonado, y no se reconocen ya en la
Iglesia; y muchos ambientes, también en
sociedades tradicionalmente cristianas, son
hoy refractarios a abrirse a la palabra de
la fe. Está en marcha un cambio cultural,
alimentado también por la globalización, por
movimientos de pensamiento y por el
relativismo imperante, un cambio que lleva a
una mentalidad y a un estilo de vida que
prescinden del Mensaje evangélico, como si
Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda
del bienestar, de la ganancia fácil, de la
carrera y del éxito como objetivo de la
vida, incluso a costa de los valores
morales.
Corresponsabilidad de todos
La misión universal implica a todos, todo y
siempre. El Evangelio no es un bien
exclusivo de quien lo ha recibido; es un don
que se debe compartir, una buena noticia que
es preciso comunicar. Y este don-compromiso
está confiado no sólo a algunos, sino a
todos los bautizados, los cuales son «linaje
elegido, nación santa, pueblo adquirido por
Dios» (1 P 2, 9), para que proclame sus
grandes maravillas.
En ello están implicadas también todas las
actividades. La atención y la cooperación en
la obra evangelizadora de la Iglesia en el
mundo no pueden limitarse a algunos momentos
y ocasiones particulares, y tampoco pueden
considerarse como una de las numerosas
actividades pastorales: la dimensión
misionera de la Iglesia es esencial y, por
tanto, debe tenerse siempre presente. Es
importante que tanto los bautizados de forma
individual como las comunidades eclesiales
se interesen no sólo de modo esporádico y
ocasional en la misión, sino de modo
constante, como forma de la vida cristiana.
La misma Jornada mundial de las misiones no
es un momento aislado en el curso del año,
sino que es una valiosa ocasión para
detenerse a reflexionar si respondemos a la
vocación misionera y cómo lo hacemos; una
respuesta esencial para la vida de la
Iglesia.
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Evangelización global
La evangelización es un proceso complejo y
comprende varios elementos. Entre estos, la
animación misionera ha prestado siempre una
atención peculiar a la solidaridad. Este es
también uno de los objetivos de la Jornada
mundial de las misiones, que a través de las
Obras misionales pontificias, solicita ayuda
para el desarrollo de las tareas de
evangelización en los territorios de misión.
Se trata de sostener instituciones
necesarias para establecer y consolidar a la
Iglesia mediante los catequistas, los
seminarios, los sacerdotes; y también de dar
la propia contribución a la mejora de las
condiciones de vida de las personas en
países en los que son más graves los
fenómenos de pobreza, malnutrición sobre
todo infantil, enfermedades, carencia de
servicios sanitarios y para la educación.
También esto forma parte de la misión de la
Iglesia. Al anunciar el Evangelio, la
Iglesia se toma en serio la vida humana en
sentido pleno. No es aceptable, reafirmaba
el siervo de Dios Pablo VI, que en la
evangelización se descuiden los temas
relacionados con la promoción humana, la
justicia, la liberación de toda forma de
opresión, obviamente respetando la autonomía
de la esfera política. Desinteresarse de los
problemas temporales de la humanidad
significaría «ignorar la doctrina del
Evangelio acerca del amor al prójimo que
sufre o padece necesidad» (Evangelii
nuntiandi, 31. cf. n. 34); no estaría en
sintonía con el comportamiento de Jesús, el
cual «recorría todas las ciudades y los
pueblos, enseñando en las sinagogas,
proclamando la buena nueva del Reino y
curando todas las enfermedades y dolencias»
(Mt 9, 35).
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Así, a través de la participación
corresponsable en la misión de la Iglesia,
el cristiano se convierte en constructor de
la comunión, de la paz, de la solidaridad
que Cristo nos ha dado, y colabora en la
realización del plan salvífico de Dios para
toda la humanidad. Los retos que esta
encuentra llaman a los cristianos a caminar
junto a los demás, y la misión es parte
integrante de este camino con todos. En ella
llevamos, aunque en vasijas de barro,
nuestra vocación cristiana, el tesoro
inestimable del Evangelio, el testimonio
vivo de Jesús muerto y resucitado,
encontrado y creído en la Iglesia.
Que la Jornada mundial de las misiones
reavive en cada uno el deseo y la alegría de
«ir» al encuentro de la humanidad llevando a
todos a Cristo. En su nombre os imparto de
corazón la bendición apostólica, en
particular a quienes más se esfuerzan y
sufren por el Evangelio.
Vaticano, 6 de enero de
2011, solemnidad de la Epifanía del Señor
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BENEDICTUS PP. XVI
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